Salíamos temprano esa noche del bar,
clases de barra en un día martes, había preparado sólo dos pisco
sour, caminamos hacia la casa, como la Feña había ido subimos por
Yerbas Buenas para acompañarla. Apenas ascendimos treinta metros
cuando en la acera nos topamos con esa oscura masa de dos cuerpos y
de cuerina resquebrajada… un sillón abandonado, descartado por
ajado y viejo, ahí, incólume en su dignidad y función, aguantando
la noche y esperando con terror del amanecer que lo llevarían a su
estación final en el camión de escombros de la municipalidad. A
caballo regalado no hay que mirarle el diente, sin pensarlo dos veces
decidimos llevarlo, empresa extraña subir más de medio cerro en la
madrugada cargando un sillón.
Primera estación, descanso obligado un
cigarro mirando el puerto de noche en nuestro nuevo sillón, que
extraña fotografía presentaba este trío, sentados de noche en la
cuerina negra mirando el mar. Divagaciones sobre intervenciones
culturales extrañas, te imaginas bajar todos los días con el sillón
hasta “la Anibal Pinto”, una mesita de centro y un tablero de
ajedrez. Armar la escena, el sillón como cuerpo central, a mano
derecha la mesita con el tablero armado, fumar con un café y leyendo
un libro, quizás algo bizarro de Bukowski o Miller, de diez a doce
de la mañana, cuando los oficinistas corren haciendo sus trámites y
las gringas bajan del Cerro Alegre a recorrer el puerto.
El frío de julio no se sentía, lógico
con tal ejercicio físico era imposible y un poco adrenalina en el
cuerpo, una extraña mezcla de felicidad e incredulidad ante el
hallazgo…. ¿Qué diría el hueón de Marino cuando nos viera
llegar con el muertito?. Recuperado el aliento retomamos la escalada,
hasta Beltran para acompañar a “Campanita”, ¿Oye Feña, vas muy
cansada? ¿Porque no te subes al sillón?.
Entre tallas y bromas el camino se
hacía llevadero, en voz alta dije – Oye Pancho, a vo’ te dicen
el hueón… claro po’ en la subida cargas la parte de arriba y yo
acá me como todo el peso- Puta que eres llorón pájaro si la hueva
no pesa tanto- replicó de inmediato. Mientras, como siempre en mi
mente se cruzaban las imágenes de todas las veces que había pasado
por esa calle, me acorde del mal verano cuando tenía que subir por
ahí, primero por que el muy pelotudo tenía que acompañar a la Debi
a su laburo en el centro de llamados de Movistar y como me quedaba
sin movilización subía al castillo a la antigua casa, a veces
Panchito me abría la puerta de mala gana por despertarlo y otras me
tenía que aguantar la hora y media para que volviera a circular los
buses… tiempo pasado no? o cuando subíamos los tres, el Marino,
Pancho y yo después de haber ido a dejar a las chicas a la parada
del colectivo, conversando sobre los problemas y anécdotas de la
noche de trabajo, de las malas propinas, de los curados eternos, de
si Mateo o Rodrigo se habían agarrado con alguien.
Que largo es el camino hasta Beltran,
esa suave curva que miente y dice que solo quedan veinte metros
cuando quedan más de cincuenta. Desde este punto ya es posible
cruce, cuantas veces me había bajado de la “E” ahí, doblar a
mano derecha subir un poco y luego bajar media cuadra, tocar el
timbre de la casa azul… “tiempo amarillo el de la felicidad,
también tu foto el pared”, pero eso ya fue, o como esa noche que
después de trabajar y un Stolich de cinco minutos estaban esos