viernes, 17 de agosto de 2012

En el camarote del Nautilus

Y había empezado el viaje hace tres meses y un día, condenado -como a condena suena- al vaivén del mar que es tu mente inconstante, navegando oculto, sumergido, capeando todos los temporales, desde el trópico hasta el Polo Sur, surcando esas hélidas aguas en que se había convertido nuestra relación en el día a día de los fin de semanas de laburo o en de cafés en semana. Así con proa enfilada al sur, hacía aguas antárticas que solo visitan las ballenas azules en migración, otra vez un Stolich como timón, esta vez tu manejabas, mi alcoholemia hacía imposible que yo esquivara los témpanos, y tu a la altura, tomaste la dirección y condujiste al centro de la Antártida.

Ahogados por el alcohol y la falta de aire, el frio de la noche nos obligó a emerger y otra vez en el Camarote del Nautilus nos abrazamos, acompañamos nuestras soledades y en el centro geógrafico de esa masa de hielo y ventiscas clavamos la bandera con letras doradas "Mobilis in Mobili", para volver al calor del camarote.

Al otro día llenar los tanques de  lastre para sumergirnos esperando que otro tiempo con sonsonete a condena nos vuelva a unir.